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Escribe Paco Mira:

 

AMAR, AMAR Y AMAR



          Los que son aficionados al fútbol, recordarán que en una ocasión le preguntaron al ya fallecido Luis Aragonés (que fue entrenador de la selección), cuál era la técnica para ganar un campeonato del mundo. Y él, dentro de la lógica, pero también dentro de la picardía, dijo que el único método era ganar, ganar y ganar. Está claro que si juegas mejor que otro, pero no metes goles, no te llevas el triunfo por ningún lado; luego la única opción válida es la de meter más goles que el rival. Seguro que así ganas.

          El evangelio de este fin de semana, nos pone ante la tesitura del cristiano. Las palabras se las lleva el viento, las letras puede que las leamos o no, pero los gestos y las realidades de cada día son las que perduran y perdurarán para siempre. Hablar de amor, es hablar de Dios mismo. Si a un enamorado le preguntan por qué lo está, dirá un montón de cosas, pero lo más profundo de lo que siente, seguro que no tiene palabras para ello. Es algo que supera nuestra inteligencia y se sitúa en el ámbito del misterio. Mucho se ha escrito sobre el amor, pero ningún libro logrará encerrar en letra fija y muerta lo que es cambiante y vivo.

          Cuando a alguien se le pregunta qué es el amor, dirá que es un sentimiento. Pero entiendo que siendo verdad,  tiene que ir más alla de eso; sin duda, además de un sentimiento, es una decisión. Pero esta decisión también tiene una cierta dosis de cruz, de dolor. Seguro que Jesús de Nazaret, en la cruz, no pasó por un momento gratificante para sus sentidos. Jesús no fue un masoquista de la vida, no disfrutó del sufrimiento Su amor fue un amor de decisión dolorosa. Cuando Dios se encarna en Jesús, sabe que eso conlleva ciertas dosis de dolor.

          Una sociedad que huye del dolor es una sociedad que huye del amor. La enfermedad, la muerte harán su aparición, pero tomando la cruz de cada uno y de cada día y la lleva hacia adelante, no perdemos sino que ganamos en dignidad. Amar exige abrir los ojos para ver qué ocurre a mi alrededor para descubrir dónde surge la necesidad de ejercitarme en el amor. Y la necesidad de leer la Buena Noticia para saber qué tipo de acciones he de realizar siguiendo los pasos de Jesús, ámense como yo les amo.

          El amor es un ejercicio diário que nos obliga a realizarlo diariamente. Hay gente que no puede pasar un día sin ir al gimnasio, porque sino nota que le falta algo.Ojalá que nosotros sintamos la necesidad de amar diariamente, que notemos que nos falta algo. La gente que nos vea, nosotros mismos, no vamos a ser juzgados por la cantidad de veces que hemos participado de una celebración litúrgica, o de las veces que nos hemos confesado. Nos juzgarán por las veces que hemos cogido una jofaina y una toalla y hemos lavado los pies sudorosos, con callos, ennegrecidos por la falta de protección...a todos aquellos que la sociedad, cada vez más sofisticada y tecnificada, rechaza y deja apartados a las orillas de los caminos de la vida.

          Nos van a juzgar por la capacidad que hemos tenido de amar, pero no como sentimiento, sino como la decisión de que tuve hambre y me dieron de comer, que tuve sed y me dieron de beber, que estuve solo, abandonado, y fuiste capaz de perder un poco de tu tiempo para dedicarselo al mío; tuviste tiempo para escucharme cuando nadie lo hacía; tuviste tiempo para acariciarme cuando la sociedad estaba pensando en infinidad de broncas porque alguien no hacía bien las cosas.

          Si al final hacemos las cosas de esa manera, nos llamarán bienaventurados, felices, dichosos... porque hemos sido capaces de amar. Si a Luis Aragonés le preguntaron lo que había que hacer para ganar un mundial y él decía que era ganar, ganar y ganar, a nosotros si nos preguntan qué hay que hacer para ser un buen cristiano, es amar, amar y amar y además es que no queda otra.

         

 

          Hasta la próxima

          Paco Mira

 

Escribe Paco Mira:

 ¿MALOS TIEMPOS DE PESCA?




          ¡Cuántos sermones dominicales, pláticas religiosas, actos de piedad, procesiones...!, ¡Cuántas catequesis de primera comunión, de bautismo, de adultos, de confirmación, prematrimoniales!.¡Cuántos sacramentos llevamos administrados!... y ya ves: toda la noche bregando y no hemos pescado nada. Como padres y madres, como curas y diáconos, seguimos intentando acercar la fe a los hijos y a los fieles con poco éxito, como Iglesia repartimos el Pan de la Vida, casando y confirmando a unos cuantos -cada vez menos, pero la pesca de discípulos, es decir de seguidores de Jesús, es escasa.

          ¿Malos tiempos de pesca?. Un pescador no se resigna a la mala suerte; se pregunta por qué su trabajo ha sido tan infructuoso. Sopesa el estado del mar, las condiciones ambientales, el equipo de pesca... También el apóstol debe mirar el mar en el que se mueve, las condiciones ambientales en que vive, los métodos usados, etc....Para una buena pesca, ¿basta con una buena edición de los evangelios, un buen catecismo o un bien trabajado directorio de pastoral?.¿basta con las con las últimas publicaciones sobre técnicas y dinámicas de grupo, y con un ingenioso decálogo del buen misionero y catequista?. ¿Es suficiente invertir en salones y medios técnicos y materiales cada vez mejores?. ¿no se necesita algo más?. Seguro que sí.

          No solo es importante el qué queremos transmitir y el cómo transmitirlo. Más importante que el qué y el cómo es el quién nos invita a evangelizar y a quién tenemos que anunciar; en ambos casos la respuesta es Jesús. Si Jesús no ocupa el centro de nuestra vida personal y comunitaria, la pesca seguirá siendo infructuosa.

          El texto de hoy nos invita a revisar nuestros modos y maneras de transmitir la fe: en la familia, con los amigos, en el trabajo. Quizás en el encuentro de Jesús con Pedro nos puede ayudar a discernir.

          Primero asumir que sin Jesús no podemos hacer nada. Y para que no lo olvidemos, después de una noche infructuosa de trabajo, pone ante los ojos de los suyos una pesca milagrosa: la que se obtiene con las redes de la fe, cuando se extiende al compromiso..

          La segunda lección es la de la confesión. Confesión en doble sentido de la palabra: confesión de los propios pecados (tres veces te negué Señor) y la confesión de fe en el poder de Dios (tú lo sabes todo y sabes que te quiero)

Finalmente, la disponibilidad. Cuando Dios nos habla, la disponibilidad ha de ser consciente y absoluta. Siempre buscamos una disculpa para no ponernos al servicio de los demás. Pedro, Pedro el que se lanza al agua, el que desea más que nadie estar junto a Jesús, el que no le importa mojarse y estar mal vestido... solo quiere volver a estar con su maestro, con aquel que da sentido a su vida...

No nos olvidemos que un apóstol no habla en nombre propio, sino en nombre de quien le envía. Antes de ser apóstol, ha de ser seguidor del Maestro. La pregunta de hoy es preguntarnos, ¿en nombre de quien evangelizamos?. A veces nos embarcamos en programas que no tienen nada que ver con la evangelización.

Ahora que estamos en precónclave. Ahora que los cardenales están escuchando la voz del espíritu, nosotros hacemos un montón de conjeturas de quien tiene que ser el próximo en sentarse en la silla de Pedro. Seguro que muchos dirán que tiene que ser conservador, otros progresistas, pero seguro que Jesús seguirá preguntando al sucesor de Francisco, Pedro, ¿me amas?

Con frecuencia se relaciona a jerarcas y pastores solo con la capacidad de gobernar con autoridad o de predicar con garantía la verdad. Sin embargo, hay adhesiones a Cristo, firmes, seguras y absolutas, que, vacías de amor, no capacitan para cuidar y guiar a los seguidores de Jesús.

Pocos factores son más decisivos para la conversión de la Iglesia que la conversión de los jerarcas, obispos, sacerdotes y dirigentes religiosos al amor a Jesús. Somos nosotros los primeros que hemos de escuchar su pregunta: «Me amas más que estos? ¿Amas a mis corderos y a mis ovejas?».

 

          Hasta la próxima

          Paco Mira

 

Escribe Paco Mira:


PERDÓN, SÍ, PERDÓN

 


 La parábola del padre y los dos hijos, además de ser una obra maestra de la literatura, constituye el núcleo del Evangelio del Señor. Podríamos decir que esta parábola es el Evangelio del Evangelio. Si alguien nos pregunta qué es el cristianismo, el cristianismo es esta parábola"

"Lo central en el cristianismo es un Dios padre bueno, acogedor, perdonador siempre y con todos"

"La última palabra del Dios de Jesús (del cristianismo) es la compasión bondad, el perdón, la gracia. La realidad última y definitiva cristiana es la casa el Padre: la vida, la fiesta

Probablemente si hay una parábola famosa en el evangelio, es la que acabamos de escuchar. Estoy convencido que Jesús se rodeaba de personas que tenían muchos pecados, de personas que habían hecho cosas malas; que todo el mundo les miraba mal o que no se fijaban en ellos...por eso Jesús habla tanto del perdón, por eso sabe que un pecador arrepentido lo que más desea es sentirse perdonado, que alguien le diga que es buena persona, que tiene una segunda oportunidad para hacer el bien, para tener otra vida digna. Pero claro, en la sociedad de Jesús eso del perdón no estaba muy de moda. Estaban los «buenos oficiales», que en teoría nunca hacían nada malo y los pecadores o pecadoras que ya llevaban una mala fama, siermpre sin la posibilidad de perdón, siempre mirados mal.

La parábola del hijo pródigo nos pone delante de nosotros un camino. Un camino de alejamiento de la casa del Padre, aunque el deseo de marchar podría ser bueno, podría el de construir otra casa como la del Padre, pero el camino lo ha alejado de todo lo que debía ser, de toda la estimación que había tenido en casa, incluso se encuentra sin poder alimentarse.

Emprende el camino de vuelta. Es el mismo camino que lo había alejado. Tiene fuerzas para hacerlo porque está lleno del recuerdo del amor del Padre, ese amor que él hubiera querido vivir y que no ha encontrado y que caminando se le hace presente. El camino que lo había alejado, ahora lo acerca.

El pecado del hijo menor nos resulta hoy facilmente identificable en muchas personas que han abandonado su fe, pero no hemos de olvidarnos del hijo mayor, que “siempre ha estado en casa”, nosotros que siempre venimos a misa y somos de precepto y de cumplimiento dominical. El Padre respeta la opción equivocada de sus hijos con dolor, porque donde hay amor siempre hay sufrimiento. Sabe que la lejanía en la que se han situado sus hijos, les hace infelices.

El padre lo espera al final del camino, sale de la casa y se le echa al cuello y lo cubre de besos, de besos de perdón y de paz. Dios toma la iniciativa saliendo a buscarles. Y ni siquiera deja que le cuente todo lo que había aprendido, no sea que dijera algo que no procediera. Pero una vez en casa, deberá volver a aprender a ser como el Padre. Se ha completado el camino del penitente, el camino de la conversión. Ha vencido el camino del amor.

No les pide cuentas de lo que hacen, les ofrece el perdón de manera gratuita. Los dos hermanos son tratados con un amor espontáneo: al pequeño lo abrazó y el mayor también le llama hijo, le hace ver que lo importante es disfrutar de su amor, de su compañía, y que junto a él, todo lo tiene: «hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo»

Esta es la clave de todo:¡ ser como el Padre!. Demasiadas veces hemos aprovechado la parábola para hablar del hijo menor y no hemos puesto suficiente importancia en la cuestión de que cambiar significa volver a ser como el Padre, cuya imagen y semejanza hemos sido creados.

El arrepentimiento, el regreso a casa, es la medicina que causa la alegría del corazón. El retorno al hogar del Padre se da cuando reconocemos que nos equivocamos y pedimos perdón a traves del sacramento de la reconciliación.

Ojalá sepamos reconocer el don de Dios y conmovernos ante los rotos de la historia con la misma mirada y misericordia recibidas en nuestro propio peregrinaje personal. Poder escuchar los latidos de ese corazón divino que se conmueve ante nosotros y todas nuestras sombras; él que nos capacita para saber mirar a los otros, heridos y perdidos, dolientes de la historia, como verdaderos hermanos nuestros.

 

 

 

Hasta la próxima

Paco Mira

 

Escribe Paco Mira:

VAMOS DE VIAJE



Si cerramos los ojos y nos ponemos a soñar con ser un deportista de élite o nos fijamos en alguno que nos cause simpatía, nos damos cuenta que no ha llegado por arte de magia a lo que hoy en día es: esfuerzo, sacrificio, horas de gimnasio, horas que le ha robado a la familia, cantidad de privaciones para poder llegar hasta donde ha llegado.... es lo que podríamos denominar “el gymnasio de la cuaresma”. En definitiva donde nos ponemos en forma para poder llegar a la pascua en el mejor momento posible. Y para ello empezamos y comenzamos con algo duro: el desiérto.

Cuando alguna agencia de viaje nos oferta una excursión al desierto, seguro que no nos falta de nada. Da gusto ir a un lugar inhóspito, infernal, nada confortante ni recomendado. Las temperaturas no siempre son las más agradables. Al contrario, lo que pretendemos es salir corriendo de una situación que no es la que deseamos.

Dice nuestro texto evangélico que el Espíritu, como si no fuera su amigo, lo fue llevando.... Jesús se presenta como el caminante en el desiérto: buscando, preguntándose, haciendo camino. El tiene que hacer y recorrer su propio camino. Sentirá en su piel el drama interior de cómo puede ser fiel al camino trazado por Dios. Tuvo la necesidad de discernir su camino, la voluntad del Padre, el sentido de su existencia. La vida, como el desiérto, son siempre un lugar de prueba y discernimiento.

Jesús nos hace la invitación de acompañarle al desiérto, a entrar en nosotros mismos, a luchar contra las tentaciones y encontrarnos con Dios. El desiérto, en la Biblia,  es un lugar de prueba y tentación, morada del mal y de los malos espíritus que atacan al hombre. Pero también es un lugar de encuentro con Dios, de decisiones y experiencias divinas. En el desiérto se experimenta el enfrentamiento con el mal y al mismo tiempo la ayuda de Dios.

Jesús pasa cuarenta días. Teniendo su significado bíblico, también es el tiempo en el que la prueba nos pone a cada uno en su sitio. El diablo es el adversario por autonomasia del plan de Dios sobre la humanidad. Justifica el fin con medios que avasallan y niegan la libertad de la persona.

La primera tentación que se le propone a Jesús es la de renunciar a su condición de hombre caminante: en su andar, sentirá hambre: Pero su verdadera hambre será de justicia, de amor, de libertad y de fraternidad y por ello responderá con la palabra de Dios.

La segunda tentación es renunciar a la filiación con Dios en el servicio fraterno. Es la prueba de los reinos de este mundo. Es la tentación del poder, del dominio sobre los hombres, de la autoridad impuesta por la violencia. La adoración a Dios y solo a Dios, nos hace rebeldes, libres y fraternos.

La tercera tentación es provocar a Dios. Es la tentación del prestigio: utilizar pordigios llamativos para embaucar a la gente. Es la tentación de la falta de responsabilidad: provocar la providencia de Dios no haciendo nada por nuestra parte. En el fondo es la tentación de renunciar a la cruz.

Está claro que Dios no nos lo pone fácil. Y no lo hace no por nada, sino para que el ser humano se de cuenta que el camino que lleva a la salvación pasa por la cruz, para por la dureza de la vida en la que estamos viviendo en el momento presente y que nos va a poner en bandeja todo lo necesario para dejar arrinconado a Dios en el trastero de nuestra vida.

Hemos sido creados libres, libres para amar; para parecernos a nuestro creador. Y porque somos libres, podemos escoger voluntariamente lo contrario y pasar de amar a amarnos, del amor al egoismo y no hay más que un paso. La vida nos lleva a elegir continuamente, lo que quiere decir que la tentación se nos presenta permanentemente en las pequeñas tentaciones de cada día, que nos pueden empujar a ser lo que no querríamos.

Pasemos por el desiérto de la vida, y descubramos las tentaciones como algo propio de superación.

 

 

 

 

 

Hasta la próxima

Paco Mira

 

 

 

 

 

 

Escribe Paco Mira:

LA CARA ES EL ESPEJO 

DEL ALMA

 


Hace unas semanas fue noticia que una actriz, bastante bien valorada, había publicado tiempo atrás unos comentarios en redes sociales que presuntamente resultaban inaceptables. Esto provocó sorpresa en muchos que hasta ese momento la habían ensalzado y en pocos días vio anuladas sus apariciones públicas. Más allá de las circunstancias de este hecho, esta situación se produce con bastante frecuencia, no sólo en el ámbito público o redes sociales, sino también en nuestro entorno más cercano: tenemos muy buena opinión de una persona, pero un día leemos o escuchamos lo que dice al respecto a algún tema y nos sorprende negativamente, y nos sentimos engañados.

Una de las tendencias de la moda actual es la de tener un entrenador personal, en el cultivo físico, en el gimnasio; un sícologo de cabecera para ayudarnos a centrar nuestra vida; un director artístico... y, así, un largo etc. Todos necesitamos ser guiados o, como se dice ahora, acompañados. La vida cristiana es de largo recorrido y hemos de andarla con otros, para no perdernos ni desanimarnos, contando con líderes y acompañantes que nos marquen una ruta.

Nuestros padres y familiares los queremos siempre y algunos serán unos modelos a imitar a lo largo de toda nuestra vida. Lo primero que tenemos que hacer es adivinar el fondo de la persona. El que es bueno, nos dice el evangelio, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca. Para buscar a alguien a quien podamos seguir o imitar, no hemos de quedarnos en las apariencias, en comportamientos falsos e impostados. De su mano podríamos dar un mal paso para caer en el abismo.

Por eso, Jesús pone unos ejemplos claros: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?. No se trata de una ceguera física, sino de la mirada de quienes lo hacen no como Dios, sino como ellos mismos. Otra: No está el discípulo sobre el Maestro. El que transmite sus propias ideas suplanta al verdadero Maestro, que es Jesús, con las nefastas consecuencias que los mesianismos han provocado a lo largo de la historia. Hay que decir con el Papa Francisco: ya no decimos que somos discípulos y misioneros, sino que somos siempre discípulos y misioneros.

La mota en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro. El que no tiene la mirada de Dios, acaba convirtiéndose en un hipócrita, alguien que acaba convirtiéndose en árbitro y juez de los demás pero que no reconoce sus propios errores. Cada árbol se conoce por sus frutos. Por mucho que usemos muchos gestos de fe, si no brotan de la verdadera experiencia personal de encuentro con el Señor, acabamos deleitándonos en nuestra propia hipocresía, porque en realidad nuestro corazón rebosa sólo de nuestras propias ideas, no las de Jesús. Y, lo que es peor, haremos brotar frutos malos en nosotros y en quienes nos hayan creído.

Sin duda que la cara es el espejo del alma y de todo nuestro interior. Cuando nuestra madre nos decía, a ti te pasa algo, aunque nosotros negaramos la evidencia, sabíamos que a ella nadie le podía engañar y que en el fondo era verdad lo que ella detectaba en nuestra cara. Si la cara es el espejo del alma, podemos preguntarnos si nuestro espejo es Dios en el que nos miramos; si nuestro espejo son las acciones que hacemos a lo largo de nuestra vida, pero no según nosotros creemos sino según lo que Dios quiere para cada uno de nosotros.

Vamoa a iniciar un tiempo maravilloso de volvernos a Dios, de volvernos desde nosotros mismos a la conversión y al perdón. Vamos a iniciar la cuaresma que es la oportunidad anual que Dios nos oferta para actuar como él quiere que lo hagamos. Lo que rebosa del corazón lo habla la boca es el final del evangelio de hoy y es lo que nos hace auténticos ante el Padre y verdaderos creyentes en medio de los hombres. Y es que la hipocresía y el fariseísmo nada tienen que ver con el evangelio de Jesús. En no pocas ocasiones los cristianos velamos, más que revelamos, la vida y el mensaje de Jesús con nuestras palabras y obras.

 

 

Hasta la próxima

Paco Mira

 

Escribe Paco Mira:

YO SÍ CREO EN LA ESPERANZA


 


No hace mucho hablaba con alguien que me decía que cada vez queda menos hueco para le esperanza. En un mundo en el que si abrimos los periódicos o los informativos no vemos más que calamidades: en España, en Valencia, la Dana hizo de las suyas. Fueron y son días de mucho dolor y sufrimiento, de muerte, de angustia, de desesperación de rabia... En todas partes había un sentimiento generalizado de profunda tristeza, tanto por lo que se estaba viviendo ahora como por el futuro que les espera a tantas personas que han perdido sus seres queridos y también los seres materiales. Si a esto le unimos las guerras que no cesan, el drama de la inmigración y a tantos males que aquejan a nuestro mundo, el panorama es desolador y no es de extrañar que muchos le den la razón al que hablaba conmigo: predomina el abatimiento y la desesperanza. Parece qie es el tiempo de los profetas de calamidades.

Hoy comenzamos el tiempo de adviento, el tiempo por excelencia de la esperanza. Y en este ambiente generalizado, no resulta nada fácil hablar precisamente de la esperanza. Pero precisamente por lo mal que está todo, tenemos que dejar que resuenen las palabras que Jesús nos ha dicho en el evangelio: «cuando empiece a suceder esto, levantense, alcen la cabeza porque se acerca su liberación».

Jesús no ha venido a traer un mensaje fantasioso e ilusorio, el “opio del pueblo”, El evangelio, la Buena Noticia que él anuncia, está enraizada en la realidad, por dura que sea, como también ha dicho, utilizando un lenguaje simbólico: «habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes perplejas, desfalleciendo por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene al mundo encima». Casi parecen las predicciones de gurús o de mediums que nos anuncian el fin del mundo. Pero estas palabras, que se pueden aplicar a nuestra realidad, no pretenden hundirnos, sino darnos luces de esperanza: «Entonces verán al hijo del hombre venir...».

Ante situaciones trágicas, es lógico caer en la desesperación, el sinsentido de la existencia. Pero Jesús es la Buena Noticia del Dios que, por amor, se ha encarnado por nosotros y por nuestra salvación. Por eso, el Adviento nos recuerda cada año que Dios es un Dios cercano: vino una vez al hacerse hombre, como recordaremos en la Navidad; vendrá de nuevo al final de los tiempos, pero también viene ahora en cada persona, en cada lugar, en cada acontecimiento...

La llamada a la esperanza es porque la fe en Dios no es solo para el futuro, sino para el presente. Dios es compañero de camino, sobre todo cuando más duro se hace este. El Padre ayuda más al hijo, cuando mayor dificultad tiene este. Un Padre que nos dice, ánimo, levanta la cabeza, no te agaches, no te dejes dominar por la tragedia y el abatimiento. Pero es más: para poder alzar la cabeza, nos dice que tengamos cuidado de nosotros, no sea que se nos emboten nuestros corazones. Hemos de estar despiertos en todo tiempo, momento y lugar. Son llamadas a no dejarnos arrastrar por los sentimientos pesimistas, por huidas de la realidad, sino todo lo contrario, u a llamada a ser responsables y conscientes por nosotros y por los demás.

Una vela que encendemos cada domingo que nos recuerda que no tenemos que bajar la guardia. Un jubileo que nos tiene que preparar para la alegría de un año siendo peregrinos de la esperanza. Un Sínodo que ha terminado con la esperanza de caminar juntos, en la misma dirección marcando las directrices de la Iglesia que queremos en un mundo que se me antoja muy derrotado. Y todo ello preparando el corazón haciendo el pesebre a la humildad personificada que aún a pesar de las dificultades y calamidades camina con todos y cada uno de nosotros.

Por eso yo sí creo en la esperanza. No en la de los hombres sino en la esperanza de Padre Dios.

 

Hasta la próxima

Paco Mira

 

Escribe Paco Mira:


PERO... ¿QUÉ ES LA VERDAD? 

 

 

Si vamos al diccionario de la Real Academia de la Lengua, como conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente, es decir paralelismo entre lo que pensamos y es. Por ello cuando sucede algún accidente, o se comete un delito, o surge la noticia de un escándalo, un fraude, corrupción, se abre una investigación para aclarar la verdad de lo ocurrido. El ser humano necesita encontrar la verdad de los hechos, de la realidad, de sí mismo.

Pero desde hace algún tiempo se ha acuñado el término posverdad, que signirica la distorsión deliberada de una realidad, manipulando las creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. El ejercicio de la posverdad genera tal nivel de confusión, nos encontramos con tantas ideas y opiniones, que acabamos pensando que es imposible encontrar la verdad.

La mentira es hoy uno de los presupuestos más firmes de nuestra convivencia social. El mentir es aceptado como algo necesario tanto en el complejo mundo del quehacer político y la información social como en la pequeña comedia de nuestras relaciones personales de cada día. Se dirá que la mentira es necesaria para actuar con eficacia en la construcción de una sociedad más libre y justa. Pero, realmente, ¿hay alguien que pueda garantizar que estamos haciendo un mundo más humano cuando desde los centros de poder se oculata la verdad, cuando entre nosotros se utiliza la calumnia para destruir  al adversario, cuando se obliga a las masas sencillas a que sean protagonistas de la historia desde una situación de engaño e ignorancia?.

En el fondo de todo hombre hay una búsqueda de verdad. Y dificilmente se construirá nada verdaderamente humano sobre la mentira y la falsedad. Una mala interpretación del sentido de la fiesta que hoy celebramos ha hecho que se piense en Jesucristo como un rey al estilo humano, representándolo con oro, joyas, cetro, sentado en un trono, transmitiendo la idea de que por fin Cristo se ha impuesto sobre tanto mal y caos como hay en el mundo y reina con fuerza, poder y gloria para siempre.

Pero el evangelio, en el diálogo que Jesús tiene con Pilato nos revela que la verdad es el propio Jesús, porque es la encarnación del amor de Dios; un amor que ha sido llevado hasta el extremo de la cruz, que es la prueba definitiva de la verdad que es el propio Jesús. Por lo tanto celebrar a Jesucristo como Rey del Universo, es celebrar y desear que en todas las realidades reine la Verdad. No una verdad cualquiera o nuestra propia verdad, sino la única verdad, que es uno de los distintivos del Reino de Dios.

Celebrar a Jesucristo rey del universo, es desear que reine la verdad frente a tanta posverdad que nos rodea; requiere aplicar en nuestra vida el criterio de interpretación de la realidad que es Jesús y su evangelio. La verdad reina cuando amamos como él nos ha amado, hasta el extremo; cuando actuamos desde el servicio, cuando vivimos el perdón, cuando acogemos a los pecadores, los últimos, los descartados, aquellos que no cuentan para nadie o son, para las autoridades, una mercancía capaz de dar votos. La Verdad reina cuando llevamos a la práctica las bienaventuranzas: la pobreza de espíritu, la humildad, la misericordia, el hambre y sed de justicia, el trabao por la paz...

Celebrar a Jesucristo Rey del Universo nos enseña a evitar que reine la posverdad, porque la verdad no está en el fraude, la manipulación y el egoismo, en la injusticia, la opresión, la violencia, la mentira. Hoy somos invitados a sembrar los vaores del Reino en cada circunstancia, tiempo y lugar: familia, trabajo, amistades, en el pueblo... En definitiva el Reino de Jesús, nuestro Reino no es de este mundo, pero empieza en este mundo. Quizás nosotros tendremos que responder con nuestras actitudes a la pregunta de Pilato: ¿qué es la verdad?.

 

 

Hasta la próxima

Paco Mira

 

 

Escribe Paco Mira:


LA UNIDAD COMO

 BANDERA


    En la vida en general y en la de los cristianos en particular, hay cosas que se dan por hecho, porque parece que son evidentes, pero que sin embargo no se cumplen o no hacemos que se cumpla. ¿los cristianos tenemos que ser uno?. La teoría nos dice que sí, sin embargo la práctica nos va a decir que no siempre sucede aquello que deseamos. Triste, pero cierto.

El evangelio de este fin de semana, me lleva a pensar que la comparación del divorcio que nos propone, es una buena señal para que nosotros pensemos que en nuestra Iglesia, en nuestra querida Iglesia también hay divorcio. Y hay divorcio porque la unidad no se ve ni en las alegrías ni en las penas, ni en la salud ni en la enfermedad, ni en las ilusiones y esperanzas como tampoco en los fracasos. Hay veces que en mi querida Iglesia, brilla el ¡sálvese quien pueda!

Ahora que nos volvemos a reunir en el Sínodo, ya con las reuniones finales antes de rubricar el documento que sirva de guía para los próximos años; ahora que hemos cantado en más de una ocasión juntos, juntos somos más, ahora que en nuestra Diócesis hemos celebrado el II encuentro diocesano de pastoral dando la imagen – espero que real – de caminar en la misma dirección, urge el que la unidad sea la bandera de cualquier iniciativa eclesial.

Quiero creer que el mensaje del Génesis, al margen de lo mitológico que pueda tener, es válido en el mundo de hoy para seamos todos una sola carne. Ahora que los silbidos de las balas afloran en una sinfonía trágica de la vida en ciertos lugares del mundo, algunos de especial relevancia para el cristianismo, es cuando todos tenemos que caminar al unísono para romper esa partitura de la tragedia de la vida. Sobre todo desterrar a aquellos que se empeñan en corregir y afinar las notas de la muerte y de la destrucción.

Hemos de ser uno y desterrar el océano del dolor o del cementerio atlántico, donde tantas vidas humanas, deseosas de la vida, el agua se presenta como una trampa donde no llegamos a tiempo para contemplar el amanecer de un nuevo día. No nos ponemos de acuerdo y regateamos en los mercadillos políticos con las vidas humanas para repartir, sin saber cómo ni por qué, en lugar donde no sabemos cómo va a resultar.

Me da la impresión que lo que cuenta la carta a los hebreos, nosotros lo hacemos al revés. Proviniendo todos del mismo Padre, no nos debemos de avergonzar en llamarnos hermanos, pero entiendo que más que hermanos somos, dentro de la misma familia, completamente desconocidos. No somos capaces de abrazarnos y querernos para ello.

Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre: ¡qué lejos estamos de esa realidad!. Estamos empeñados en llevarle la contraria a nuestro Padre. Estamos empeñados en divorciarnos y repudiarnos los unos a los otros en intereses partidistas que no llevan ni conducen a ninguna parte. Lo que nos une en Jesús, tiene que ser indisoluble si realmente el corazón está en cada uno de los acontecimientos que ponemos en ello.

Ojalá que tengamos en nuestra Iglesia las puertas abiertas a quienes el hombre ha castigado con su indiferencia, con su ignorancia, con su desprecio, ... que les ha tenido separados de no poder compartir, vivir y celebrar la fe con aquellos que nos creemos en posesión de ciertas verdades infundadas. Ojalá que nuestra Iglesia, sea una Iglesia no de hermanos divorciados, sino de hermanos que caminan sinodalmente unidos, que tienen proyectos comunes y que siguen la estela y la huella de un Dios que nos ama y nos quiere.

Por desgracia y a lo largo de la historia, nuestra querida Iglesia ha fomentado más la desunión que la unión, aquello que Dios había unido, el hombre se encargó de separar e incluso a veces de forma violenta.

Es curioso que este fin de semana se tiene presente a aquellos que padecen depresión. Que por la soledad y el abandono no nos entre la depresión y podamos convertirnos en verdaderos artífices de alegrías, ilusión y buena noticia que llamamos evangelio y por ello damos las gracias.

       

Hasta la próxima

Paco Mira

 

Escribe Paco Mira:


¡ESTO ES LA REALIDAD!



El pasado mes de junio, pero últimamente cualquier día, fue notica el rescate de un cayuco por parte de la tripulación de un crucero de lujo que realizaba la vuelta al mundo. El cayuco llevaba unos 20 días en e l mar, y necesitaba ayuda urgente: en él había 68 supervivientes y cinco fallecidos. Podemos imaginarnos el enorme contraste, en todos los sentidos, entre lo que es un crucero de lujo y un cayuco. Unos pasajeros del crucero de lujo dijeron que esto había sido un golpe de realidad. Vivimos en una burbuja de fantasía y, de repente, te topas con la triste realidad.

Con frecuencia, los cristianos no terminamos de superar una mentalidad de casta privilegiada que nos impide apreciar todo el bien que se realiza en ámbitos alejados de la fe (parece que siempre vamos en un crucero de lujo). Casi inconscientemente, tendemos a pensar que somos nosotros los únicos portadores de la verdad, y que el Espíritu sólo actúa a través de nosotros. ¡Cuántas veces hemos oído que fuera de la Iglesia no había salvación!

Pero el Reino de Dios, se extiende más allá de la Iglesia. No crece solo entre los cristianos, sino entre todos aquellos hombres de buena voluntad que hacen crecer el mundo en fraternidad. Según Jesús, todo aquel que echa demonios en su nombre está evangelizando Todo hombre, grupo o partido capaz de echar demonios de nuestra sociedad y de colaborar en la construcción de un mundo mejor, está – de alguna manera – abriendo camino al reino de Dios.

Es fácil pensar, como a los discípulos, que no son unos de los nuestros, porque no entran en nuestras iglesias, ni participan en nuestros cultos. Pero como dice Jesús, «el que no está contra nosotros, está a favor nuestro». Todos los que luchan por la causa del hombre, están con nosotros.

Los cristianos deberíamos valorar con alegría los logros humanos, grandes o pequeños, y todos los triunfos de la justicia que se alcanzan en el campo de la política, de la economía, de la sociedad. Los políticos que luchan por una sociedad más justa, los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad; los obreros que logran una mayor solidaridad, los educadores que se desviven por educar para la responsabilidad, aunque no parezcan ser de los nuestros, están a favor nuestro si se esfuerzan por un mundo más humano.

Lejos de creernos portadores únicos de salvación, los cristianos debemos acoger con gozo esa corriente de salvación  que se abre camino en la historia de los hombres, no solo en la Iglesia, sino junto a ella y más allá de sus instituciones.

Hoy más que nunca necesitamos un golpe de realidad que nos proporciona Jesús en el evangelio de este fin de semana: cortar manos, pies... no es en sentido real, pero ¿estoy haciendo algo de forna concreta frente a las situaciones de pobreza o vivo en una burbuja de fantasía desentendiéndome d elos problemas y de las personas?.

Cortar el pié. ¿Cómo es mi caminar, mi estilo de vida, voy en un crucero de lujo o por el contrario tengo presente a aquellos que más sufren y no cuentan para la sociedad de lujo en la que vivo?.

Un cristiano tiene que ir al grano y no andar con medias tintas. Jesús nos pide que seamos radicales, sobre todo con aquello que nos aleja del propio Jesús. Nos pide valentía ante los avatares de la vida y a no enredar más de lo que ya están aquellas situaciones que perjudican a los más vulnerables.

El proyecto de Jesús es claro y conciso: el Reino de Dios y su justicia pasa por la ayuda y la apuesta a los más desfavorecidos de esta sociedad en la que nos vemos inmersos. ¡Qué facil es ir en un camarote, en ver nuestra vida con los ojos de quien no tiene problemas, pero qué dificil es ponerse en la piel de quien no tien nada y está esperando que nuestro auxilio les ayude en el camino de la vida.!.

Es todo un reto. Ánimo

 

 

 

 

 

 

Escribe Paco Mira:

¿MERECE LA PENA DISCUTIR?



Es muy común decir que vivimos tiempos de crispación. Lo vemos en la política, en las redes sociales, en los programas de televisión y también en diferentes aspectos de la vida social: a la mínima salta al chispa y se producen discusiones, a menudo con violencia  verbal y también, por desgracia, física. Y si nos detenemos en nuestros ámbito más personal, comprobaremos que también están muy presentes las discusiones. En general, consideramos a quien no piensa o se comporta como nosotros, no como mero contrincante que pretende algo distinto, sino como un adversario, como un enemigo al que hay que derrotar y, si es posible, machacándolo.

Dice el texto que los discípulos vuelven a casa. En Marcos, la casa es la Iglesia. Y allí, les pregunta ¿de qué venían hablando por el camino?. Si a nosotros nos preguntan, ¿de qué vamos hablando por la vida?. Seguro que también nos callaríamos como los discípulos, pues también nuestro interés es quién es el primero, el más importante, con quien me codeo en la vida.

La mayor parte de nnuestros temas y de nuestras actitudes son acerca del poder: económico, político, religioso, prestigio social... hasta en el ámbito familiar. También en nuestra querida Iglesia, a veces, se da el prestigio: de quien está en un determinado ministerio, de quien tiene que leer o actuar en la fiesta del pueblo o de la parroquia, de quien lleva años en la parroquia y le dejan de lado...

El poder, el mando, tiene un atractivo enorme. Hemos acabado unas olimpiadas, cuyo lema es el más alto, el mejor, el más fuerte, el más rápido. El poder sirve para algunas cosas, pero nunca sirve para que el hombre se vuelva bueno. El poder no sirve para liberrar o sanar la libertad humana, sino para suprimirla. La gracia, en cambio, hace bueno a los hombres y libera la libertad humana. El poder obliga, la gracia ayuda; el poder crea cuarteles o campos de concentración, el carisma edifica una comunidad. El poder crea bancos de dinero, el carisma multiplica los panes. El poder impone silencio, el carisma habla hasta con su silencio. El poder sospecha siempre, el carisma alienta siempre. El poder acaba por levantar una cruz y el carisma acaba por morir en ella.

Jesús llama a un niño. El niño es símbolo de debilidad, de dependencia, sino de los pobres y sencillos que le acogen a él. El camino para ser grande en la Iglesia es la acogida a los humildes, a los débiles, acoger a quien no tiene poder ni defensa. El poder en la iglesia es el servicio.

La Iglesia, mi querida Iglesia, tiene que escuchar a sus miembros, a los catequistas, a los de liturgia, a los de caritas, a los curas... tiene que ser la Iglesia del jueves santo que lava y besa los pies. La Iglesia, mi querida Iglesia ha de ser, como decía el Papa Francisco, una Iglesia como hospital de campaña donde se curan las heridas.

Podemos tener la tentación de pensar que por el hecho de haber sido cristianizados desde pequeños, de haber escuchado muchas veces la Palabra de Dios y haber participado otras tantas en la Eucaristía, estamos convertidos y tenemos los criterios de Jesús. ¿pero es así?.

Sin mirar a Jesús que nos mira, sin escuchar a Jesús que nos habla; y sin acoger y responder a sus preguntas nos podemos pasar la vida haciendo las cosas por costumbre, pero sin crecer en la fe y si avanzar en el seguimiento. Jesús nos pregunta para que aprendamos a ser sus discípulos, para que acertemos a ser cristianos. ¿«De qué discutían por el camino»»?. ¿«qué motiva nuestra vida»?.

Para ser un buen lider en la vida: comunitaria, familiar, en el trabajo, con los amigos, hay que hacer las cosas desde y con el corazón, de lo contrario seríamos unos malos mandados.

 

       

Hasta la próxima

Paco Mira


 

Escribe Paco Mira:


LA MAREA DE LA VIDA

 

El mar siempre ha atraído al ser humano, unas veces en sentido positivo por su belleza, grandiosidad, la vida que contiene... y otras veces en sentido negativo, por su fuerza destructora, por el misterio que encierra en sus profundidades. El mar es uno de los símbolos de los meses de verano, y algo muy relajante es estar sentado tranquilamente contemplándolo. El sonido de las olas, la brisa marina, nos ofrecen el marco adecuado para poder hacer algo necesario pero para lo que no solemos encontrar tiempo, que es reflexionar sobre nuestra vida. Porque nuestra vida a menudo también se compara con el mar, con sus períodos de calma y con las tempestades que la azotan.

Sufrimiento, dolor, miedo, culpa, soledad, sentirse abandonado, experimentar la fragilidad, buscar protección y no hallar respuesta, poner la seguridad en Dios y verse enfrentado a los peligros, a la muerte. Vivirse como humano. Estos son los ingredientes de la tormenta humana que, con frecuencia, vemos desatarse y nos hacen correr hacia un refugio en el que encontrar protección.

Actualmente soplan vientos recios de guerras preocupantes, de violencias crueles e incontroladas; nos habita la sensación de inseguridad. Los estados poderosos aumentan su gastos armamentisticos. Somos testigos, quizás también sufridores, de la dureza amarga que para millones de personas significa el hecho básico de sobrevivir; sentimos el abatimiento que provoca la percepción de horizontes oscuros de futuro.

También nos es conocido, en mayor o menor grado, el desvalimiento que la enfermedad provoca cuando invade nuestra vida y fácilmente nos sentimos habitados por diversos temores que se despiertan en nostros. Los fracasos, los desamores, las soledades amargas, son también parte de esta mar de fondo que encrespa las olas sobre las que avanza la barquichuela de nuestra vida.

En medio de todo ello, el libro de Job sigue sorprendiendo al creyente y exigiendo un esfuerzo de maduración en la fe en su constante y tensa relación con la vida.

Quiero verme y vernos en la misma situación de aquellos discípulos, que en medio de la tempestad nos sentamos en la orilla a escuchar a Jesús. Muchas veces decimos que sí, pero no: ¡cuántas veces solicitamos un cursillo, una charla, ... queremos escuchar a Jesús, pero luego no vamos!. Nos quejamos de la tempestad, pero a veces no tenemos el interés necesario para dejarnos enseñar por Jesús.

En un momento determinado, nos dice el Maestro, «vamos a la otra orilla». Me gustaría que fuéramos capaces de no estar siempre amarrados al mismo puerto. No estar amarrados a las leyes que nos matan y no nos dejan avanzar y acoger pastoralmente a todos aquellos que nos llaman y además quieren de nosotros que seamos capaces de dar respuesta a sus necesidades.

Creo que la Palabra de Dios, hoy nos interpela a los miedos que tenemos en el mundo en el que vivimos y sobre todo qué papel ocupa Jesús en nuestra vida. Si ocupa un lugar importante o por el contrario lo encerramos en las bodegas del barco de nuestra vida y no dejamos que salga y sea el capitán que nos guíe y nos conduzca hacia un puerto seguro. Triste es cuando nuestras inseguridades hacen que dudemos de la capacidad que él tiene de guiarnos de una forma clara y concisa.

Ha comenzado la novedad de una alegría inexplicable, presente también cuadno las lágrimas nos visitan. Jesús, el Señor, lo es porque la fuerza de su amor ha vencido todo el poder del mal y sus diversas manifestaciones. Los acontecimientos de la Pascua lo atestiguan. La alegría y la esperanza, más allá de cualquier otra esperanza, ha acompañado siempre la vida de los creyentes. Hoy hemos de ser nosotros los exponentes de esta radiante realidad.

 

          Hasta la próxima

          Paco Mira

 

 

 

 

 

 

Escribe Paco Mira:

 ¿CÓMO ESTAMOS CONECTADOS?



 

Hoy casi todos estamos conectados mediante telefonía móvil, internet… Según algunas encuestas, más del 90% de la población tiene un teléfono inteligente. Estar conectados nos permite realizar muchas acciones cotidianas: mantener el contacto con familiares y amigos, realizar operaciones bancarias, pagar en comercios, teletrabajar, acceder a la información, realizar gestiones en entidades públicas… Ya no nos podemos imaginar la vida sin estar conectados. Pero esa conexión continua también tiene desventajas: genera dependencia; se debilitan las relaciones sociales, que quedan reducidas a mensajes; cuando falta o falla esa conexión, dejamos de poder hacer muchas de esas gestiones; aumenta nuestra vulnerabilidad ante ciberdelincuentes; las personas que, por algún motivo, no tienen acceso a la tecnología quedan excluidas de la vida económica y social…

Jesús, en el Evangelio de este quinto domingo de Pascua, nos llama a descubrir la necesidad de estar conectados a él, y lo hace en el ejemplo de la vid y los sarmientos: la vid es la planta cuyo fruto es la uva, y consta de una capa o tronco de donde salen los sarmientos, unas ramas largas, donde brotan las hojas y los racimos.

Y, desde esta imagen, Jesús dice: «yo soy la verdadera vid, vosotros los sarmientos». Jesús es la verdadera vid, de quien brota la verdadera vid-a; para poder recibir esa vida, necesitamos estar conectado a él: “el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”.

Y nuestra conexión con Él no debe ser ocasional, sino contínua, porque igual que el sarmiento necesita estar conectado a la vid o , de lo contrario se seca, también a nosotros nos ocurre lo mismo cuando nos falta la conexión con Jesús o esta conexión es esporádica: “como el sarmiento no puede dar fruto por sí, sino permanece en la vid, así tampoco vosotros, sino permanecéis en mí; porque sin mí no podéis hacer nda”. Por eso, del mismo modo que sin estar conectados a internet apenas podemos llevar adelante nuestra vida diaria, sin estar conectados a Jesús nuestra vida cotidiana queda limitada a un pasar los días, sin una verdadera meta y esperanza, solo esperando el final. En cambio, si estamos conectados a Jesús de forma contínua daremos fruto abundante, porque estamos conectados a quien es la Vida y nuestra fe y nuestra vida van unidas, aunque a veces se nos olvida.

Al contrario que nos ocurre con estar conectados a internet, estar conectados continuamente a Jesús sólo nos aporta ventajas: no genera dependencia sino verdadera libertad para discernir y actuar; también fortalece nuestras relaciones sociales, porque están basadas en el mandamiento del amor, ‘como Él nos ha amado’; y nos hace fuertes para resistir a las tentaciones y amenazas que nos rodean; y, sobre todo, la conexión a Jesús está al alcance de todos, nadie queda excluido de ella, aunque a veces haya que ‘podar’, cortar con algo, para poder dar más fruto.

Pero claro, también hay problemas. Hay sarmientos secos por los que no circula la savia de Jesús. Discípulos que no dan frutos porque no corre por sus venas el Espíritu del resucitado. Comunidades cristianas que languidecen desconectadas de su persona. Por ello hace una afirmación cargada de intensidad: “el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid”, la vida de los discípulos es estéril si no permanecen en Jesús.

La forma en la que viven su religión muchos cristianos, sin la unión vital con Jesús, quedará reducida a un folclore que no aporta nada a la Buena Noticia del evangelio. La Igleisa no podrá llevar a cabo su misión en el mundo contemporáneo, si los que nos decimos cristianos no nos convertimos en discípulos de Jesús.

Ser cristiano, exige hoy experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una pasión por su proyecto. Si no aprendemos a vivir de uncontacto más estrecho y apasionado por Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal.

 

         Hasta la próxima

         Paco Mira

 

Escribe Paco Mira:


QUEREMOS VER A JESÚS



         Cuando nos interesa algo, lo buscamos con ahínco y con ansiedad. Cuando alguien nos da una muestra publicitaria de un perfume de una marca no conocida, y nos gusta y nos interesa comprarla, enseguida preguntamos donde podemos conseguirla o dónde la venden. Incluso podemos llegar a ponerlo en internet y rápidamente aparecen las tiendas donde podemos conseguirlo. Eso nos suele pasar en Navidad con algún número de lotería que nos entra por los ojos y no paramos hasta conseguirlo. Cuando algo nos interesa de verdad no nos importa el tiempo que tardamos o el trabajo que nos lleve, y pagamos con gusto el precio, porque de verdad queremos encontrarlo.

         ¡Quien no ha querido encontrarse con Jesús en algún momento de su vida. Cuando en algún juego sale la pregunta ¿con qué personaje histórico te gustaría cenar, por ejemplo?, siempre respondo lo mismo: Jesús. Quizás podemos preguntarnos con la imagen de Jesús: ¿quién ha tenido una vida más comprometida?, ¿Quién ha amado hasta el extremo?’¿Quién ha sentido y perdonado tanto?, ¿Quién ha cambiado tanto la historia de la humanidad?.

         ¿Qué le preguntaríamos, ¿qué le pediríamos?. Ojo que Jesús no es el mago de la lámpara que nos concede tres deseos. Puede que nunca sabremos si esos griegos llegaron a conocer a Jesús. Pero lo cierto es que Jesús está en la cumbre, en lo máximo de la popularidad. Por eso, dentro de nada, entrará en Jerusalén entre ramas de olivos. Es posiblemente el profeta más famoso, aquel del que todo el mundo habla.

         El signo por excelencia del cristianismo es la cruz, el instrumento de tortura y muerte que los romanos aplicaban a los traidores, sediciosos y malditos. La exposición en una cruz era un hecho vergonzoso e ignominioso en el que el reo era mostrado desnudo, en total indefensión. Al principio la cruz no era la señal identificadora de los cristianos, sino el pez, pero poco a poco la cruz pasó a ser el signo de nuestra salvación.

         El amor es siempre una acción arriesgada, incierta y esforzada... que requiere tiempo: ser como él, amor entregado por todos. No es fácil de entender. Es más, al mismo Jesús le costó, no esquivó la cruz y llegó con su entrega hasta el final. Pero... ¿era necesaria la cruz?, la cruz es la cima del amor. Dios, por nosotros, llega hasta donde haga falta.

         Pocas frases tan provocativas como las que escuchamos hoy en el evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto». El pensamiento de Jesús es claro. No se puede engendrar vida sin dar la propia. No se puede hacer vivir a los demás si uno no está dispuesto a «desvivirse» por los otros. La vida es fruto del amor, y brota en la medida en que sabemos entregarnos.

En el cristianismo no se ha distinguido siempre con claridad el sufrimiento que está en nuestras manos suprimir y el sufrimiento que no podemos eliminar. Hay un sufrimiento inevitable, reflejo de nuestra condición creatural, y que nos descubre la distancia que todavía existe entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Pero hay también un sufrimiento que es fruto de nuestros egoísmos e injusticias. Un sufrimiento con el que las personas nos herimos mutuamente.

Es natural que nos apartemos del dolor, que busquemos evitarlo siempre que sea posible, que luchemos por suprimirlo de nosotros. Pero precisamente por eso hay un sufrimiento que es necesario asumir en la vida: el sufrimiento aceptado como precio de nuestro esfuerzo por hacerlo desaparecer de entre los hombres.

Es claro que en la vida podríamos evitarnos muchos sufrimientos, amarguras y sinsabores. Bastaría con cerrar los ojos ante los sufrimientos ajenos y encerrarnos en la búsqueda egoísta de nuestra dicha. Pero siempre sería a un precio demasiado elevado: dejando sencillamente de amar.

Cuando uno ama y vive intensamente la vida, no puede vivir indiferente al sufrimiento grande o pequeño de las gentes. El que ama se hace vulnerable. Amar a los otros incluye sufrimiento, «compasión», solidaridad en el dolor. «No existe ningún sufrimiento que nos pueda ser ajeno» (K. Simonow). Esta solidaridad dolorosa hace surgir salvación y liberación para el ser humano. Es lo que descubrimos en el Crucificado: salva quien comparte el dolor y se solidariza con el que sufre.

 

 

         Hasta la próxima

         Paco Mira