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Escribe Paco Mira:


UNA FAMILIA JUBILAR


 

No sé si es bueno o malo que coincidan dos grandes acontecimientos este fin de semana. Dos grandes a nivel religioso, sin contar con que decimos adiós a un año que según como se mire y según quien lo mire, pudo haber sido un desastre o por el contrario pudo haber sido un año maravilloso. Sea como fuere, siempre tenemos que mirar hacia adelante, aprender del pasado, para saber donde nos encontramos en este momento.

Este fin de semana celebra la Iglesia la solemnidad de la Sagrada Familia. Muchos dicen que ya la familia no es lo que era; que ha cambiado un montón el concepto que tenemos de ella; que no es lo mismo que antaño; que ya no todos nos «apellidamos Alcántara», familia con la que nos identificamos muchos, sobre todo los que hemos vivido la década de los sesenta.

Esa familia bucólica, modélica, escaparate... creo que no existe. No existió tampoco en Belén. Desde el principio ya surgieron los primeros problemas: hubo que dar a luz en una cuadra, con lo que eso significa de olores, suciedad, estiércol... y creo que la pregunta de por qué a nosotros, surgiría en más de una ocasión en las conversaciones de José y María. En alguna ocasión se preguntarían, ¡si hubiera dicho que no!, ¡con lo bien que estaba en mi casa...!

Creo que tampoco hoy en día no hay familias de escaparate donde todo sale bien, donde no hay ningún tipo de problema, donde la vida es un color de rosas. La vida de familia es un caminar constante por veredas donde existen piedras, donde hay cuestas difíciles de subir, donde cómo no te agarres en las bajadas llegas a tu destino antes de tiempo y probablemente sin querer hacerlo.

Pero para los cristianos, tanto la familia de Nazaret, como la del siglo XXI, nace de un sí a que Dios comparta el camino de la vida con nosotros: con sus alegrías y con sus penas, con las ilusiones y frustraciones y todos nacemos del Amor de Dios que se hace real  en el amor de unos pares que nos han dado lo mejor que tenemos: la vida. Por ello hemos de cuidarla y protegerla, desde el principio hasta el final, aunque a muchos les pese.

Recibimos la vida, pero ser capaces de dar vida (fisica, social, solidaria...) es una grandeza, porque tenemos un Amor que nos capacita para ello y que viendo el reflejo de Nazaret y de la vida de la familia de cada uno de nosotros, nos hace valorar la entrega y la generosidad, para hacer lo que Dios nos pide en amor y libertad.

En un hogar donde se vive a Jesús con fe sencilla, pero con pasión grande, crece una familia acogedora, sensible al sufrimiento de los más necesitados, donde se aprende a compartir y a comprometerse por un mundo más humano. Una familia que no se encierra en sus intereses sino que vive abierta a la familila humana.

Pero, como familia, hemos de ser «peregrinos de esperanza», que es el lema del año jubilar que acaba de iniciar el Papa. En la vida somos peregrinos, vamos caminando, cada uno con sus avatares, pero peregrinos ¿de qué?. Hemos de ser portadores de esperanza en un mundo que cada vez se me antoja que hay muchos profetas de calamidades; profetas que anuncian siempre nubarrones y danas, y que nunca brilla el sol que nace lo alto.

El Papa Francisco ha querido que este año jubilar sea un año para insuflar esperanza, alegría, ilusión, ganas, entusiásmo. Un año para brindar por todo lo bueno que nos ofrece la vida a pesar de todas las calamidades y catástrofes que puedan haber; Un año donde hemos de peregrinar en sentido contrario al silbar de las balas, de los cementerios de pateras, de los conflictos que no conducen a ninguna parte y que son los que nos tienen, a veces amargados. No es evangélico exigirle al mundo tareas heróicas y luego desentendernos de sus luchas y desvelos.

Como dijo el Papa, en su apertura, “hermanos, la puerta de la esperanza está abierta al mundo”. Les invito, me invito a ser PEREGRINO DE LA ESPERANZA

 

Hasta la próxima

Paco Mira

 

 

Escribe Paco Mira:

SOMOS UNA FAMILIA

 
«Somos una familia y un auténtico mogollón. Una Iglesia divertida, donde vamos a armar la de Dios». Así reza una de las canciones de Migueli. Un cantautor cristiano. Sin entrar en disquisiciones teológicas y mucho menos en el devenir de la historia de la Iglesia, creo que la mejor definición de Iglesia es la de familia, donde un Padre (con mayúsculas) y una Madre, han cuidado, cuidan y cuidarán de todos y cada uno de nosotros que somos sus hijos.

Una familia, como todas, donde la perfección no existe, a pesar del modelo en el que nos podemos mirar. Pero la grandeza de nuestra imperfección familiar es la posibilidad de reconocer nuestro error (aunque en algunos casos lleguemos tarde), e intentar subsanarlos. No hay como caerse y siempre tener una mano cercana que te ayuda a levantarte. Pero lo intentamos.

Hoy el relato evangélico es la realidad pura y dura de lo que estamos viviendo estos días, con la DANA de Valencia. Sin querer queriendo muchos se han identificado con la viuda del evangelio. Ella ha dado todo lo que tenía y probablemente se ha quedado sin nada. ¡Cuántos voluntarios se han acercado a Valencia a dar todo lo que tienen!.

No se trata de ser mejor que nadie en cuanto a ofertar ayuda. Se trata de ayudar desde el músculo que mueve todo aquello que hacemos y que llamamos corazón. A veces, desde nuestra situación de bienestar, desde lo que no nos ha tocado de cerca, no recuperamos las entrañas del sufrimiento ajeno y por ello damos de lo que nos sobra. ¡Cuántas veces Cáritas ha tenido que decir que basta ya, porque lo que donábamos era inservible!. El propio Jesús nos lo dice en el evangelio: «los demás han dado de lo que les sobra... pero esta pobre mujer ha echado todo lo que tenía para vivir».

La familia, la Iglesia, no tiene por qué salir en la foto. Muchos voluntarios han y se siguen dando desde el anonimato. Sin necesidad de tocar la campanilla que anuncia donde estamos para tener que ayudar. Hoy día de nuestra Iglesia Universal, pero también de nuestra Iglesia particular de Canarias, cuánta gente que colabora, ayuda y participa en la vida de esta gran familia y que no sale ni en la foto ni en los medios de comunicación social. En una familia nos conocemos todos, aunque el trato sea más o menos frecuente.

Me temo que en nuestra familia no nos conocemos todos y ante encuentros regulares, muchos buscamos la excusa de no acudir porque preferimos criticar lo que hacemos que aportar aquello que no queremos hacer: ¿cuántos conocemos a nuestros catequistas que se ocupan de despertarnos en la fe a los grandes y también a los chicos?. ¿cuántos conocemos a los que robándole tiempo a su familia se dedican a los que menos tienen?. Gente de nuestra familia que hace una labor altruista encomiable. ¿Cuántos conocemos a los que nos tienen la Iglesia como un espejo, para que nuestra estancia en ella sea lo más agradable y confortable posible?. Seguro que si no fuera así, las críticas por la suciedad serían grandes, pero no cogeríamos una fregona o un cepillo para ello. ¿Cuántos conocemos a los que hacen que nuestras celebraciones dominicales o diárias sean lo más asequibles posible?.

Es curioso que toda esta familia la tenemos en casa y a muchos no los conocemos. Dar de lo que tenemos y somos no es más que la realización de un compromiso por Jesús y su evangelio.

A veces nos quedamos en lo superficial y qué bueno sería que compartiéramos con aquellos que conocemos menos. Probablemente los mayores de nuestra familia son los que aprenden a valorar aquello que tenemos y somos. Por eso en nuestras reuniones, cursos de formación... siempre – decimos – que solo van los mayores y los más jóvenes, los que a veces no se mojan, son los que los critican.

Valoremos nuestra familia, queramos a nuestra familia, con aciertos y con fallos, es la que tenemos y la que sustenta nuestra fe. Jesús recomienda dar y compartir lo que necesitamos para vivir: bienes, descanso, tiempo, esperanza, ilusión, bondad.. Somos autónomos económicamente. Nos sustentamos con lo que aportamos. Las palabras de Jesús nos invitan a preguntarnos si vivimos de lo que nos sobra o compartir lo fundamental de nuestra vida. Somos, como decía Migueli un auténtico mogollón y vamos a armar la de Dios.

 

Hasta la próxima

Paco Mira

 


 

EL VOLUNTARIADO DE LAS PARROQUIAS DEL CRISTO Y LA CANDELARIA DE INGENIO, 

EN UNA CENA FRATERNA

 

Este año, las dos parroquias de Ingenio nos juntamos para compartir una cena festiva y agradecer el trabajo que realizan a lo largo del año las personas que colaboran en catequesis, liturgia, cáritas, pastoral de la salud y otros grupos.

Se celebró el 28 de diciembre en La Granja y contamos, además con la colaboración musical de Juan Martel, Felipe y Paco Sánchez. Muchas gracias a todos.

Aquí van algunas fotos:

https://photos.app.goo.gl/WUieXk4Su3ixmTk28

y el vídeo

 https://youtu.be/9JCzSArudUs

 

 

Escribe Paco Mira:

 

LA GRAN FAMILIA





         ¡Quén no vio la «familia y uno más» o «la gan familia». Películas que probablemente nos retrotraen al pasado, hasta con una cierta nostalgia, pero da la casualidad que dicen que tiempos pasados nunca fueron mejores. Pero soy de los que digo, que tiempos de antes han sembrado semillas que pueden fructificar con el tiempo.

         Hoy hablamos de la familia. Y nuestra familia empezó hace tiempo, incluso me da la impresión que pasó desapercibida para entondes: dos muchachos hebreos que se hacen novios; él tiene trabajo, en una carpintería, ella, joven, probablemente en edad de casarse. Ambos viven una situación bastante común: «antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo», como a muchas parejas, hoy en día, les ocurre; una pareja que también se enfrenta a un enfado, casi una ruptura« José decidió reupudiarla en privado», pero se quieren y siguen con la relación.

         La historia de nuestra pareja, les lleva a hacer un largo viaje, a «empadronarse por decreto ley», y mientras esto sucedía, resulta que a ella le llegó el momento de dar a luz, lo recuesta en un pesebre, porque en la posada no hay lugar. Viajan a Jerusalén con la familia, con los ancianos, van al mercadillo... Ellos son fieles cumplidores de la ley. Son situaciones que suceden. Que suceden a nuestro alrededor  y que a diario viven en silencio las familias que nos rodean y que a la mayoría pasan totalmente desapercibidas, o a penas nos llaman la atención.

         En estas circunstancias era para hablar de crisis familiar. Hoy también hablamos de crisis familiar. Lo primero es que los padres se quieran de verdad y que nuestros hijos puedan verlo. Saber y experimentar que los padres se quieran es el mejor regalo para los hijos. La base para crear un ámbito de confianza y seguridad donde los hijos puedan crecer de manera sana. Hoy se quiere volver a aquellos valores que se vivieron de pequeños. Todos tenemos más de un recuerdo. Pero hablamos que hoy nuestra familia está en crisis y en especial en crisis de fe.

         Algo ha cambiado durante estos años en no pocos hogares: han desaparecido, en buena parte, los signos religiosos, se han perdido las costumbres cristianas, son pocas las familias que reúnen para compartir la fe. En general, lo que se transmite a los hijos no es fe, sino indiferencia religiosa y silencio. Hay familias, donde los padres adoptan una postura de rechazo a lo religioso e impiden que sus hijos sean iniciados en la fe. En esos hogares, lo religioso sólo aparece para ser objeto de ataque o burla.

         La situación más generalizada es otra. No pocos padres se han alejado de la práctica religiosa y viven instalados en la indiferencia. No rechazan la fe, pero tampoco les preocupa la educación religiosa de sus hijos. No les parece algo importante para el futuro de sus hijos. Bautizan a sus hijos, celebran la primera comunión, pero no les transmiten la fe. Son las abuelas las que están desempeñando una labor de gran importancia, pero que no les corresponde: enseñan a sus nietos a rezar, los llevan a la Iglesia, le explican lo más importante... como la fe del carbonero... ni ellas mismas se dan cuenta de que están despertando en el niño las primeras experiencias religiosas.

         La familia es el lugar de apertura, del crecimiento de todo ser humano: ¡cuántas familias rotas por el dolor, la envidia, ¡,¡cuántas comunidades cristianas, en nuestras parroquias... no son ejemplo de familiaridad!. Mirar a la familia de Nazaret, es mirar cómo el amor es armonía incluso en el desencuentro. Mirar a la familia de Nazaret es la invitación a que los problemas se resuelven con diálogo y comuniciación y nunca con la lista de defectos en la puerta de la nevera para recordarlos con frecuencia. Mirar a la familia de Nazaret no significa perfección, sino superación diaria.

         Mirar a la familia de Nazaret, es poner en nuestro proyecto familiar, a Dios como componente de la misma y ante las adversidades de la vida, poner en sus manos ese proyecto. Mirar a la familia de Nazaret es poner en medio el amor que ayuda a superar complejos y resolver problemas que toda convivencia conlleva, esas espadas que atraviesan sentimientos, que pueden ser evitables o inevitables, pero de los que nos arrepentimos.

         El perdón, la comprensión, el diálogo han de ser los elementos que caracterizan una relación que nació desde el amor y se ha de mantener en el amor. Hoy la familia no es como la de antes, hoy la comprensión de la familia es plural, diversas formas de entenderla, pero Dios, si hay amor y porque él es Amor, también camina por esas veredas. No las cerremos por prejuicios personales o morales.

         No tengamos miedo a poner encima de la mesa los valores falmiliares. No tengamos miedo a reivindicar que la familia, como comunidad de amor, todavía tiene sentido a pesar de las críticas que pueda tener.

         Pensemos en las que fueron y ya no son; pensemos en aquellas en la que los avatares de la vida las han desarraigado de su origen o las ha desmembrado. Pensemos que las que fueron, no lo son pero han vuelto a nacer. A todas las familas, desde el amor, felicidades.

 

         Hasta la próxima

         Paco Mira

     


 

Escribe Paco Mira:

EL TRABAJO EN FAMILIA

      El calendario se me antoja que, a veces, es caprichoso. Hace coincidir festividades que no deberíamos de tener marcadas en el mismo, porque eso supondría que lo que hacemos, lo estamos haciendo bien y por ello no hay nada que celebrar.

            Que el trabajo es un derecho de todo ser humano, eso lo tenemos claro todos, menos algunos políticos que no acaban de entenderlo así. Que el derecho al trabajo está reconocido en la declaración universal de los derechos humanos, también lo tenemos claro, menos los anteriormente mencionados. Pero lo que parece que no tenemos tan claro, son las condiciones en las que se  da ese trabajo.

            Todos podemos ser buenos y generosos. Todos podemos ser condescendientes en un momento determinado. Todos podemos ser complacientes en algún momento de nuestra vida, pero lo que no podemos es dejarnos pisotear simplemente por el derecho básico de la comida a cualquier precio. La dignidad humana no se pisotea; la dignidad humana no se vulnera bajo ningún concepto.

            Los contratos de trabajo que hoy en día se nos ofrecen probablemente no sean los mejores, pero como la lista de espera es larga, el empresario tiene la sartén por el mango y vulnera – en muchos de los casos – las condiciones laborales de aquellos que quieren acceder al mismo: misma cantidad de trabajo con un salario más reducido; número de horas a trabajar mayores que si tuviéramos la jornada completa, etc…

            Creo que no se puede vulnerar la dignidad humana, sabiendo que quien pide un puesto de trabajo tiene que comer todos los días y sacar adelante una familia que le arropa y le apoya.

            Los pescadores de la época de Jesús también estaban desanimados porque el trabajo, la pesca no era la mejor. Pero la confianza en el maestro les llevó a volver a intentarlo bajo la atenta mirada del propio Jesús: eureka. El trabajo salió adelante. ¡Con qué facilidad nosotros arrojamos la toalla!. ¡Con qué facilidad pensamos que las cosas no tienen solución!. El domingo pasado los discípulos tenían las puertas cerradas por miedo!. Juan Pablo II, decía no tengan miedo, esa es la invitación a la reivindicación de los derechos: no tengamos miedo, seamos valientes para no dejarnos pisotear en lo fundamental.

            También el calendario quiere que celebremos el día de la madre. No quiero caer en la trampa del mercantilismo amoroso de nuestra madre. Pero sí valorar, también, ese trabajo callado y silencioso de nuestras madres en casa   (y en la calle también): esa lavadora; esa plancha; ese plato de comida; esa cama recién hecha con olor a limpio… trabajos que podemos hacer todos, pero que en las manos mimosas de mamá parece que tienen otro valor.

            Gracias a todas y cada una de ellas. Gracias por ser el vehículo para poder vivir; gracias por esa entrega generosa; gracias por esa sonrisa desinteresada; gracias por esos insomnios gratuitos que en la profundidad de nuestros sueño, nos hacen sentirnos seguros.

            Es, por lo tanto un trabajo en familia, una familia que trabaja y se quiere, es una familia que responde a las necesidades vitales. Día del trabajo y día de la madre este año coinciden y van de la mano, pero que deben de ir de la mano no solamente este año, sino siempre.

            Seamos generosos con nuestra madre. No generosos en lo económico, generosos con lo que no cuesta: con el abrazo, con la sonrisa, con el silencio cómplice de una visita que no espera, con la caricia en los momentos más inesperados, con la visita en los momentos más complicados de la vida de ella, con el acompañamiento silencioso en los momentos de dificultad por una enfermedad.

            Seamos complacientes y generosos mientras la tengamos con nosotros. Felicitémosla no solamente el día de la madre, sino los 365 días del año y el día de la madre, será un trabajo en familia, para el disfrute de todos.

            Feliz Pascua

      Hasta la próxima

            Paco Mira

 


Escribe Paco Mira:

LA FAMILIA, PERO ¿QUÉ FAMILIA?

            ¡Quién no recuerda aquellas películas que encandilaban a tantos como la gran familia o la familia y uno más. Eran familias que marcaban el modelo a seguir, eran idílicas, eran emotivas, eran las que todos - en aquella época - quisieran tener: padre trabajador, un número elevado de hijos, no había casi peleas, una armonía maravillosa, la madre trabajadora y los hijos mayores cuando esta no estaba, eran los que suplían el hueco que esta dejaba.
         Pero claro, la familia ha cambiado. Incluso hasta la propia definición de familia. Hasta la composición de la misma. Hasta familias monoparentales... ¡ay si los actores de aquellas películas levantaran la cabeza!.
         Este fin de semana se celebra el día de la sagrada familia y me viene a la mente la familia de poca estabilidad, la que quisiera ser tradicional y no puede, la que quisiera tener estabilidad y le resulta imposible, la que quisiera ser el modelo para muchas generaciones y ya no encaja. Me viene a la mente aquella familia de Nazaret  que fue la primera de la nueva era en ser una familia desplazada, una familia inmigrante en un país que seguro que no conocían, ni siquiera el idioma... pero que les dio asilo y cobijo. Salieron de su tierra por miedo; salieron por el azote de una dictadura como la de Herodes; salieron por defender una integridad personal y de grupo familiar dejando atrás amigos, cultura, familia, raíces....
         Ya ven que se diferenciaron muy poco a muchas, millones, de familias de hoy en día. Familias que también huyen; familias que dejan atrás lo más preciado como son sus raíces y que cuando tocan en la puerta de muchos lugares, les dicen que ya son bastantes y que no pueden acoger a más; familias que cuando llegan a otros lugares, a veces, no lo pueden hacer de una manera legal, puesto que si no los repatrían y los mandan de vuelta; familias que tienen que oír que les van a quitar el trabajo a los residentes en los lugares donde tocan a la puerta.
         También es verdad que hay familias que su sueño se ve truncado en el mar cuando el oleaje o la inmensidad del océano engulle al ser humano. Familias que se ve truncado su sueño cuando se ven involucrados en una red de prostitución, o de narcotráfico a cambio de una realidad que nunca se va a cumplir, por incumplimiento de lo más básico y elemental.
         ¡Qué gran ejemplo el de José y el de María!. Su silencio fue siempre la bandera que llevaron a donde fueron para que ondeara siempre como ejemplo de honestidad y buen hacer. José y María no escaparon a los vaivenes de quienes - seguramente - especulaban sobre su presencia en tierra extranjera y seguro que en algún momento no eran bien recibidos y hasta me atrevería a decir que rechazados.
         Atrás queda la gran familia. El cine se encargó de manifestar un idilio que se nos antoja escaso en nuestros días. El Vaticano definió a la familia como una comunidad de amor. Un amor que experimenta lo que es compartir la vida, desde el amor, para generar vida en el amor. José y María también lo experimentaron. No entendieron el por qué a ellos, pero asumieron un proyecto porque venía de Dios. Un amor que generó escuela durante muchos años.
         Ojalá todas o muchas familias, experimentaran el plan de Dios en sus vidas. Ojalá muchas familias levanten la copa la semana que viene para que brinden por una familia estructurada y no al contrario. Ojalá que todas o muchas familias, desde la vida de Dios en la humildad de un niño nacido en un pesebre, sean capaces de descubrir la grandeza del Amor compartido en pareja y para la familia. Solo así seríamos capaces - como la película - de decir la gran familia. Seríamos capaces de responder a la pregunta con la que iniciaba estas letras, Familia, pero ¿qué familia?
         FELIZ AÑO y Hasta la próxima


Escribe Paco Mira:

EN MI FAMILIA DIOCESANA NO SOMOS PERFECTOS. PERO NOS QUEREMOS IGUAL Y SIN VOTACIÓN

            Este domingo se celebra el "Día de la Iglesia diocesana". Le leía a Arturo Pérez Reverte, escritor y académico de la lengua, que, en España, somos muy dados a "hablar de todo, sin entender de nada". Yo, desde la humildad, le diría que no solamente en España. Pero quizás a nivel religioso también se da mucho. Y cuando hablo a nivel religioso, me refiero a las comidillas eclesiales de muchos feligreses, padres de niños, gentes eventuales de visita por funerales, acompañantes a bodas de celebración a posteriori de lo eclesial, etc... que a la hora de criticar a la Iglesia, nos prestamos mucho, porque hablamos de todo, sin entender nada. No es desconocido frases como "quién es el cura para decirme que no...", "La Iglesia es la casa de todos...."
         Alguien me preguntaba, cuando se enteró que este domingo se celebra el día de la Iglesia Diocesana, que qué era eso. Y la verdad es que también los que decimos que entendemos, a la hora de explicarnos, no nos salen las palabras o no sabemos hacerlo. Yo se lo comparé a una familia, en la que siendo todos uno, cada uno tiene su función. Esta función probablemente en una familia la dan los años y eso lleva y conlleva una cierta autoridad para que todo funcione (padres) y el resto en la medida en la que vamos creciendo, vamos adquiriendo responsabilidades, desde el conocimiento y la convicción. Una familia, que no es el reflejo para muchos, pero que para mí me vale, en circunstancias normales.
         Pues eso mismo pasa en nuestra Iglesia universal, pero a pequeña escala en nuestra Iglesia diocesana. Una Iglesia que se desarrolla en Gran Canaria, Lanzarote, Fuerteventura y la Graciosa. Tenerife tiene el resto de islas. Una Iglesia que lucha por mantener viva la llama del cirio que nos recuerda que un tal Jesús de Nazaret no ha muerto; una Iglesia que no le importa acoger a todo el que llega aunque sea en una patera y por ello le pintan con frases nada bonitas en sus locales de caritas; una Iglesia que procura mantener sus cuentas claras y no ocultar nada.
         Pero también una Iglesia compuesta por hombres. Hombres que pecan. Hombres que en determinadas circunstancias "lugares y frías regiones" (que diría Francisco, el de Asís), no son el fiel reflejo de aquello que predican. Hombres que caen una y otra vez en la tentación de lo fácil y de lo poco comprometido.
         Pero, como a mi familia que tiene errores, esa es la grandeza de nuestra Iglesia. En mi familia la batuta la llevan igual papá y mamá. Me gustaría que en mi querida familia diocesana hubiera paridad; me gustaría que los laicos tuvieran un papel de mayor protagonismo; me gustaría que nuestras parroquias no fueran propiedad privada de quien las gestiona, sino que Dios no quiere una casa para sí mismo ya que lo comparte todo sin egoísmo.
         Me gusta esta Iglesia imperfecta, santa y pecadora, que cae y se levanta, que arrima el hombro y se desvive por quienes el fuego les ha dejado sin lo más básico; me gusta esta Iglesia que todavía sigue teniendo el poder de credibilidad para que cuatro muchachos le digan sí para toda la vida a través del sacerdocio. Me gusta esta Iglesia que sigue teniendo un hueco en nuestros colegios, porque la democracia nos da el derecho de la libertad de elección, algo por lo que hemos luchado y que nadie nos puede ni nos debe quitar. Me gusta esta iglesia en la que luchamos por una mayor participación en los órganos de gobierno; una Iglesia que tiene tiempo para atender muchas partes del mundo. Aún así, me gusta
         Amemos a nuestra familia diocesana y querámosla tal y como es.
         Hasta la próxima
         Paco Mira


Diario de un cura
LOS LUNES Y LA FAMILIA
En la vida de los curas, al menos en la mía, hay días de todos los colores. Las tareas son diferentes en cada jornada. Algunas veces el ser cura resulta fácil, agradable, descansado. Otras veces se vive con tensión, con nervios, con cansancio. No es lo mismo un domingo que un miércoles. Hay días que uno se va a visitar a los enfermos. Y días que uno se encierra en el despacho a preparar una reunión. Y en todos los casos, siempre intentando encontrar un tiempo para la oración. A veces los acontecimientos nos desbordan y cuesta mucho encontrarlo.
Los lunes son otra cosa. Normalmente, la agenda queda libre para atender lo personal y lo familiar.  Aunque también hay lunes en los que la actividad pastoral te obliga a llenar la agenda.
Hoy es lunes 21 de octubre. Y hoy tocó  reunión de  hermanos y algunos cuñados. Intentamos que sea una vez al mes por lo menos. Ya somos mayores…y ya lo reconocemos, cosa que no ha sido fácil. Algunos con dificultades para caminar o para ver y otras limitaciones que vamos notando.  En este último año hemos cambiado la “sede social”. En vez de vernos en El Burrero que fue lo habitual durante muchos años, nos hemos venido a la Casa parroquial de La Candelaria. Aquí fueron llegando esta mañana , poquito a poco: Primero Emilio y Rosa que vienen de Las Palmas y Tamaraceite. Y Pino que vive muy cerca de la parroquia. Más tarde, Amparo y Paco, desde Santa Brígida, con Nena que vive en Telde. Y por último, Flora, en el barrio del Cristo.  Quedamos siete hermanos. Las horas de la mañana son para ponernos al día de lo que ha ocurrido durante el mes en cada familia.  El almuerzo lo hacemos fuera de casa. Hoy estuvimos en  Ojos de Garza, en el  restaurante Dos Hermanos, el de Félix. Y  al regreso, nunca falta el rato para jugar a las cartas. Lo hacemos con equipos que se hacen a sorteo. Aquí es donde la espontaneidad y  el carácter de cada uno aparece más claramente. Discutimos, ganamos y perdemos y siempre lo pasamos muy bien.  Nena ya ha dejado de jugar  y Pino sólo algunas partidas. A veces nos ponemos a cantar. Los que más, Flora, Rosa , Pino y yo. A otros no les gusta cantar…ni tampoco que cantemos. Pero cantamos. Me gustan los lunes.Y me gusta estar con la familia aunque a veces pasen muchos días sin conectarnos. Pero tengo claro que la Parroquia es también la otra familia a la que me debo.  Con los que la formamos intento  compartir todo el tiempo que puedo.  Pero a veces  me pasa como con mis hermanos: Me olvido de llamar, dejo visitas para mañana, no logro acudir a todo lo que quiero y siente uno cierta culpabilidad. Supongo que nos pasa a todos, seamos curas o no.
De todos modos, hoy termino el día muy satisfecho.  Lo empecé con la familia parroquial: El café en la churrería con Juan Jesús, la oración de Laudes con Loli Caballero, intercambio de mensajes con el grupo de servicio técnico, oración compartida con diferentes personas a través del WhatsApp y después, con la familia Vega-Mesa. Creo que podré ir a descansar con mucha paz. Mañana vendrá otro día, otro color, otras actividades. Intentaré vivirlo con la misma ilusión.