Escribe Paco Mira: 

NO SE SABE LO QUE VALE, HASTA QUE LO PIERDES




Creo que todos hemos oído esta frase en más de una ocasión y es algo que siempre nos sucede, sobre todo a los que no nos gusta tirar cosas o coleccionamos algo. Recuerdo que mi madre, siempre era de las que no quería que guardásemos cosas, para no acumular basura. En parte tenía su razón, pero a los que somos  algo nostálgicos, nos cuesta tirar las cosas. A veces guardamos cosas para recordar el pasado y ver la comparativa del presente, pero también a veces guardamos cosas y no las volvemos a ver.

Eso pasa con todo. En la vida, a veces, renunciamos a cosas porque no nos sirven o creemos que no nos sirven, pero después cuando queremos volver a utilizarlas, se nos ha pasado el sol por la puerta. Recuerdo, de pequeño, querer recuperar algo que había guardado, pero ya estaba en el cubo de la basura, hacía mucho tiempo.

El evangelio de esta semana, nos habla de pérdidas. Nos habla de la pérdida de una oveja, de la pérdida de un tesoro, de la pérdida de un hijo… ¡qué grande el evangelio que siempre conecta con la vida!. No hay mayor pérdida que la de las personas: ¡ cuántas veces perdemos las relaciones familiares, creyéndonos los mejores y después cuando queremos recuperarlas parece que no es posible!; ¡Cuántas veces perdemos la felicidad de la vida, disfrutar sanamente de ella, pensando que nunca se va a acabar y cuando queremos volver a disfrutarla, ya es tarde!; ¡Cuántas veces perdemos las posibilidades de relacionarnos con los demás a través del diálogo, del acompañamiento, del silencio… y cuando queremos recuperarlo ya es tarde!, ¡Cuántas veces  perdemos el contacto con nuestros mayores creyéndonos en posesión de una verdad que no tenemos y cuando queremos recuperarlo, ellos ya se han ido!; podríamos seguir enumerando pérdidas, pero sería interminable.

Vivimos en un mundo muy individualizado, donde nos codeamos con muchos, pero nos relacionamos con muy pocos, por eso ni nos importa la vida de nadie (sí la del cotilleo), ni queremos que los demás se metan en la nuestra, como cantaba Alaska, “a quien le importa lo que yo haga, a quien le importa lo que yo diga, así soy yo y así seguiré”. La pregunta es ¿a quién le importan las pérdidas?, ¿mis pérdidas?, ¿la de mis familiares, amigos y conocidos?. La respuesta es fácil: a Dios.

Dios es ese Pastor bueno al que le importa una sola oveja perdida y, por eso, deja al resto en el desierto y va tras la descarriada. Dios es esa mujer a quien le importa una sola moneda perdida y por eso enciende una lámpara, barre la casa con cuidado y no para hasta que la encuentra.

Dios es ese Padre al que le importan todos y cada uno de sus hijos: al que viene de fuera que se echa a correr y se lanza al cuello, como al que tiene dentro pero que no quiere entrar a la fiesta y sale a buscarlo. Es ese Padre al que se le conmueven las entrañas por sus hijos, porque como le dice al mayor, todo lo mío es tuyo.

Está claro que ser cristiano no es fácil. Ser cristiano es una exigencia y eso tiene que llevar a un compromiso. No perdamos aquello que con el paso del tiempo nos vamos arrepentir. Valoremos lo que tenemos, apreciemos aquello que tenemos, disfrutemos sanamente de aquello que tenemos mientras lo tenemos, porque lloraremos cuando no lo tengamos.

Hemos recordado a nuestra Madre la Virgen del Pino. Muchos han ido a Teror,  con una lista muy grande en el interior de su corazón. Acudamos a María, no solo el día de su cumpleaños, sino todos los días del año. ¡ Qué madre no abre la puerta cuando sus hijos tocan en ella!. Ella siempre tiene los brazos abiertos para abrazarnos, porque no se sabe lo que vale, hasta que la perdemos.

Quisiera terminar, con una palabra de felicitación a fr. Eloy, que este sábado es ordenado por nuestro Obispo como nuevo presbítero en la orden de los Benedictinos. Felicidades a la comunidad y al propio Eloy. El no ha perdido aquello que ha tenido claro: la fe, el servicio y el compromiso.


Hasta la Próxima

Paco Mira